La Verdadera Adoración

Adorar es un acto de reconocimiento y obediencia de parte de la criatura hacia su Creador. La adoración implica que existe una relación cordial entre ambas partes. Es por todos conocido que el pecado hizo separación entre Dios y los hombres, habiendo quedado el hombre destituido de la gloria de Dios; veamos: “por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios” (Ro. 3:23). Consecuentemente, el hombre quedó despojado de su dignidad e incapacitado para acercarse a Dios en calidad de adorador.

En la persona de su Hijo, Dios nos propició un medio único de agradarse a Sí a través de la adoración; veámoslo: “… Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante” (Ef. 5:2). Para Dios es imposible aceptar la adoración de hombre alguno, si este no viene acompañado por el Cordero de Dios. Fue esta la razón por la cual Abel fue aceptado y Caín rechazado.


Abel se acercó al Creador con la ofrenda legítima que le constituyó en verdadero adorador, mientras que Caín trajo a Dios “los frutos de la tierra”. Siendo que el hombre fue formado de la tierra, los frutos que Caín trajo a Dios simbolizan las obras del hombre (su justicia; mientras que Abel se allegó, dependiendo de la justicia de Cristo, simbolizada por el cordero; veamos: “Y aconteció andando el tiempo, que Caín trajo del fruto de la tierra una ofrenda a Jehová. Y Abel trajo también de los primogénitos de sus ovejas, de lo más gordo de ellas. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda; pero no miró con agrado a Caín y a la ofrenda suya. Y se ensañó Caín en gran manera, y decayó su semblante” (Gn. 4:3-5); “Por la fe Abel ofreció a Dios más excelente sacrificio que Caín, por lo cual alcanzó testimonio de que era justo, dando Dios testimonio de sus ofrendas; y muerto, aún habla por ella”(He. 11:4).


De lo anteriormente establecido, podemos concluir que Dios tan sólo reconoce como un verdadero adorador a aquel que viene acompañado del Cordero, y rechaza a aquellos que, como Caín, pretenden acercársele sin esa única y extraordinaria propiciación. Esto es muy armónico con la Palabra; nos dice Pablo: “para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado” (Ef. 1:6).

Dijo Jesús: “Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren”(Jn. 4:24). Adorar en espíritu significa hacerlo en la más sincera y honesta disposición del alma; e implica que somos susceptibles a la conducción del Espíritu Santo. Adorar en verdad significa venir ante Dios como lo hizo Abel, escondidos en Cristo. Adorar, pues, en espíritu y en verdad significa que permitimos la conducción del Espíritu Santo para que adoremos presentando a Cristo como nuestro sacrificio sustitutivo “...porque nuestra pascua, que es Cristo, ya fue sacrificada por nosotros”(1 Co. 5:7).

Un cristiano es imperiosamente un adorador; es un seguidor de Cristo de quien toma el nombre que le identifica. Ello implica que reconoce su total incapacidad e insuficiencia, a la vez que depende de la capacidad y toda suficiencia de Cristo. Reconoce que Cristo es la suma y sustancia del ideal de Dios o de todo cuanto Dios exige.

Cristo nos representa ante Dios y, a su vez, representó a Dios ante los hombres. Dicho de otro modo, se constituyó en puente (Pontífice) entre Dios y los hombres. Si pretendemos adorar al Dios-Padre, tan sólo hay un modo de hacerlo: a través de Cristo, el Evangelio. Nadie que pretenda adorar a Dios, podrá hacerlo sin canalizar esa adoración a través de Cristo, nuestro representante e intercesor. Hacerlo directamente sería un acto ilegítimo que Dios no puede aceptar. Tal adoración no sería real. Eso sería “cainismo”.

La adoración en el presente se realiza mediante la alabanza y la predicación. Ambos aspectos han de expresarse impregnados del nombre y los hechos del Señor Jesús. Cualquier culto de adoración, por espiritual y vivo que pueda parecer, si no fuere canalizado a través del Cordero de Dios, carece totalmente de valor ante el Altísimo; es vacío. Por el contrario, si tú, al igual que Abel, adoras escondido en Cristo, eres un verdadero adorador, aunque tu alabanza en lugar de ser ruidosa sea silente; eres “abelista”, y lo estás haciendo en espíritu y en verdad.